OPINIÓN
Una de las mayores muestras de hipocresía, tiene que ver con los debates que la sociedad DECIDE no dar. Muchos asuntos conforman esta lista y vale la pena abordarlos a todos, pero uno de ellos se destaca especialmente.
Para los que estamos convencidos de que el autoritarismo no es una opción moralmente válida, que la libertad debe ser preservada como valor central de la vida en comunidad y que las decisiones no significan imponer al otro la visión propia, la democracia parece ser, la menos mala de las alternativas disponibles.
La política cree, con convicción, que maneja todos los hilos, que puede hacer lo que le plazca, y que su impunidad no tiene límites. Y habrá que decir, que en algún punto, eso tiene bastante asidero, pero no siempre esto es así. La comunidad posee mecanismos que, al menos por un instante, le devuelven el poder.
Cierta tradición política denomina conservadores a los que están alineados a la derecha, en ese discutible y vetusto formato que pretende definir ideologías, sin demasiado sentido.
Cierto sector de la ciudadanía, y buena parte de la política pretenden que la actividad periodística traicione su esencia. Alguna vez ya lo dijimos. No existe tal cosa como el periodismo oficialista.
Que la política intente recurrir a mecanismos detestables, está dentro de lo previsto. No puede sorprendernos nada de eso, cuando la dinámica cotidiana nos muestra aberraciones por doquier. Sucede esto, al menos en países como los nuestros donde, parafraseando a Ángel Soto, convivimos con “frágiles democracias”. Y no es que las normas no contemplen un sistema con instituciones fuertes, sino que la sociedad no está suficientemente convencida aun de su importancia, y acepta con excesiva naturalidad lo absolutamente inadmisible.
El optimismo es a veces peligroso, pero puede resultar indispensable. Al menos, a veces, nos hace creer que tenemos una chance de revertir lo que sucede. El pesimismo por el contrario implica rendirse, entregarse, bajar los brazos, y es claramente inconducente.
A veces parece un juego perverso, solo eso. Nos proponen cosas demasiado similares, solo matices de un mismo color. Es que la política se ha convertido irremediablemente, en términos de debate, de contenidos y hasta de modos de hacer las cosas, en un vulgar entretenimiento donde se cambia algo, intrascendente por cierto, únicamente para sostener el andamiaje de lo eterno.
Es tanta la resignación ciudadana en estos tiempos que hemos asumido como válida, cierta moral que reina entre los dirigentes partidarios, que pretende establecer determinada dinámica para la cual existen momentos oportunos para hacer lo correcto.
Muchos ciudadanos y unos cuantos políticos siguen sorprendidos por el persistente avance del populismo. No entienden como es posible que ese discurso pueda sostenerse en el tiempo y seguir reuniendo electorado suficiente para su despliegue indefinido.
Que los vividores del sistema estén alineados detrás de la ideología preponderante, se puede intentar entender. Que los financiadores de la fiesta, aplaudan, validen y hasta se convenzan de que esto es lo correcto, preocupa y mucho.
Algunos políticos creen que gestionar, hacer obras, mostrar acción es el fin último de la política. Suponen que eso es lo que convoca a sus potenciales votantes. Ellos entienden que si hacen OBRAS tendrán muchos seguidores, que si son eficientes, las masas se movilizarán para apoyarlos en su próximo desafío electoral. Creen en eso, y actúan en consecuencia. Se esmeran en hacer, y hacer como que hacen.
Mucho se dice sobre la actividad política, las más de las veces con cierto desprecio. Queda claro que ha hecho méritos suficientes para gozar de ese desprestigio, y que ese resultado no es circunstancial ni aleatorio, sino la esperable consecuencia de tanta mala tarea y de sus aberrantes prácticas.
Por más que Cristina Kirchner haya dejado abierto el interrogante sobre la reelección, en su discurso en la Asamblea Legislativa, nadie en el oficialismo trabaja por otro proyecto ya que no hay "Plan B".
Los embates que realizó la presidenta Cristina Fernández de Kirchner contra el campo al inaugurar la Asamblea Legislativa quitaron espacio para el diálogo a los ruralistas que habían intentado reunirse con el ministro de Economía Amado Boudou, quien, por cierto, no les contestó.
La ya disparada puja salarial, que amaga tensarse en las próximas semanas y alcanzar su clímax cuando arrecie la campaña electoral, puede convertirse en una "bomba de tiempo" de imprevisibles consecuencias.
La degradación moral de una sociedad tiene muchos síntomas. Pero misteriosamente algunos prefieren apuntar su artillería buscando culpables en retorcidos ámbitos, cuando en realidad las explicaciones están a la vuelta de la esquina, mucho más cerca de lo que creemos.
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